Estas glándulas me engañan haciendo que parezca más dulce que de costumbre. Mi piel se eriza a la más mínima sensación de frío, de paso se me erizan los pensamientos y confundo realidades. Quisiera quedarme allá lejos, en ese planeta mío donde corre el viento y veo colores turquesas, escucho voces amables y melodías cardiacas. Pero las glándulas se mandan solas. No las he controlado. Soy inevitablemente dulce, rayando en la pateticidad dulzona. Mis sesos se masturban mientras nadan en la nada, escuchando la voz de un Cortázar Oliveira que me susurra para estremecerme de soledad, de abandono y canje: canje de emociones por un souvenir rosa. Todo punza y la tirantez hormonal es insostenible.
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