El cuerpo grita su último auxilio en medio de las noches entre sangre que brota burbujeante por el ollito izquierdo de la nariz, un despertar agónico, sensaciones de angustia, vacío cardiaco e insomnio. Réplicas van, réplicas vienen, en formas circulares, vaivenes horizontales o verticales.
La loca cabeza saca la cuenta y hace 4 meses no hay menstruación, es un cuerpo que carece ya de femeneidad hormonal, no hay embarazo tampoco, sólo síntomas extraños de una ecatombe latente.
El índice de masa corporal ya ha subido a 38: obesidad mórbida dicen las páginas web para calcular aquel estado. La pesa indica 5 kilos más en relación a 2 meses atrás. La planta de los pies siente que no hay retroceso, que no hay escape ni forma de remover escombros en lo que va quedando de cuerpo.
Pero la cabeza se ha separado del cuerpo, trabaja sola y no oye el auxilio. No oye que la ansiedad está matando en estrías blancas aquel cuerpo moreno. La cabeza no escucha el frío del cuerpo, ni lo ve, ni nada. Qué quiere la cabeza entonces... ¿autodestrucción? El cuerpo exige ser oído, la cabeza es sólo capaz de decir que no quiere médicos, que los odia, que nadie entiende lo que pasa. Pero el cuerpo sabe en su agonía qué sucede. El cuerpo sabe que ya ni siquiera puede hacer el amor porque duele todo: el alma de la vergüenza de mostrarse, el alma de la capacidad de placer, el alma del orgasmo.
La cabeza se dice a sí misma que no le gusta estar sola, que se siente sola, que por eso aún se disocia más del cuerpo en aquel estado. La cabeza a veces odia al cuerpo, más aún oirlo, sentirlo.
Pero el cuerpo no puede confiar sólo en esa cabeza y se refugia en otros cuerpos, en otras manos y trata de confiar en otras cabezas porque la suya propia no le responde... el cuerpo le implora a la cabeza una reconciliación, que es ahora el momento, porque no puede más con todo esto. No puede más.