Y el cuerpo se vuelve sólo sensaciones, excreciones, pelos erectiles. Tantos mordiscos y gritos que enervan: estallan y sucumben en vacío rosáceo. ¿Para qué? para aumentar la tirantez entremedio de las piernas, una punzación en la vulva, luego otra en un retorcido clítoris. Sequedad tirante que al tercer mordisco se transforma, sólo para luego sentir correr un río espeso por las piernas. El propio río. No el de alguien. Es un dedo intruso que se revuelca y enreda entre rizos, jugando a penetrar. Una mano perdida amasando la redondez de un seno para conseguir darle otra forma... mientras, todo es la guerra de salivas, propias y ajenas:
Elucubraciones
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