La cabeza, el corazón, los sesos, las lágrimas y los mocos llevan a pensar cosas extrañas. Por ejemplo en la xenofilia, aquella perversión de excitarse con sujetos extranjeros, preferiblemente con otros rasgos diferentes a los propios. En el caso de los chilenos, nos gustaría gente blanca de rasgos nipones, sujetos albinos, gente rubia de ojos azules, pieles “rojas”, etc, fenotipos poco comunes entre el común de la población del país.
Reconocer parafilias en conocidos a veces puede ser entretenido. Otras puede llevar a aceptar verdades que no se querían aceptar.
La agorafilia era su pasión. La felación en lugares públicos lo volvía loco, jamás un lugar privado, siempre arriesgándose a ser descubierto e incluso gozaba internamente mintiéndose a sí mismo de haber sido visto. Pero no, nadie jamás lo vio. Nadie jamás vio esos ojos blancos de excitación en medio de una noche de invierno en los mismos parques donde jugaban los niños. Quizás tema aún que su vida sea narrada. Quizás el único crimen que quisiera cometer sería volver al pasado y saltarse la existencia de ella, no haber contestado esa llamada, no haberse cautivado con su voz y provocación. Pero como no puede retroceder el tiempo, el único crimen que le queda por cometer es intentar él mismo acabar con ella, sus recuerdos y sus pasos. Conoce la vulnerabilidad de ella. Sabe que esa mujer sufre de soledades. Sabe que es ahí donde debe atacar y es lo que hace, atacándola de miedo, de desdén y de no-existencias. La negación mata y ella muere de a poco.
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