Nacer tantas veces de la entrepierna.
Entrepierna que pare, pesca y gimotea.
Guagüito enmudecido en humedad, mamando de fluidos y escuchando alaridos primigenios (como aquel niño oyendo por primera vez palabras)
Huir al ombligo. Encontrarte en silencio y observando absorto un nuevo descubrimiento, esculpiendo con tus dedos alguna rara forma.
Huir hacia el oído izquierdo y refugiarse en sollozos suaves, escondiéndose en la oscuridad.
Gravedad: Mi pecho estallaba sobre ti, cada teta redonda y más grande sobre tus ojos y labios.
Presión. Cerrar los ojos e introducir en la boca un pezón. Mordisquearlo entre labios, lamiendo a ratos, derramando saliva y luego masajeando en círculos la idea de la teta perfecta entre las manos.
Cuántas veces el clítoris penetró tu resistencia entrando en ti tantas veces que no las recuerdas, de todas formas, de todos los abrazos posibles.
Gemidos urgidos, asmáticos a veces, y golpes en la pared que cuando otra pregunte qué pasó, deberás cubrir con pastamuro.
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