Pensando en mis coincidencias con amigxs, me he dado cuenta que todos ellos comparten conmigo algo que es trascendental en mi vida: el disfrute en lo cotidiano.
Puede ser que suene un poco exagerado describirlo así e incluso puede sonar a que todos ellos son "folklóricos" o algo por el estilo, pero, pensando todo el día en ello, luego de terminar de arreglar el blog de mi mamá, me di cuenta al conversar con Sandrita anoche, 4 AM, que lo cotidiano es lo que me une a tantos amigos. Con Sandra hablaba anoche de lo ricas que son las sopaipillas caseras, esas de campo que son gorditas, que se dejan leudar y que no tienen zapallo, esas que uno calientitas se las come con mermelada chorreante o si hace frío con un rico "pico ardiendo" (ajo machacado y aji en sartén)...
Y sí, podría dar una larga lista de las cosas hermosas y cotidianas que me unen con mis amigxs, como la Cony que me habló alguna vez de sus abuelos y que le gustaba tanto ayudarle a su abuela a cocinar cuando niña, y ese día Cony me enamoré de ti. O la Cami que me habla de los árboles de su casa de campo en la ciudad, de los días de barrio con pancito de la esquina. La Nati, que añora el lugar, el lugar propio ultracotidiano, pero que no encuentra, pero que aparece cuando lee historias de vida y las actúa y encuentra su lugar... mi lamgen Felipe, que me lo imagino en Isla de Maipo, descansando bajo los árboles de vez en cuando ayudando a su viejo con la siembra de papas y que sueña irse con su kure (pareja) a vivir al sur.
La Ali y la Coty me quieren porque les cocino (demás que por otras cosas también), pero el cocinar es compartir, es enseñar, es transmitir y generar vínculos.
Son tantas cosas... recién con la Vivi hablábamos de lo maravilloso de comer mültrun, de cómo para hacer catutos uno trabaja tanto, pero que después se sienta en patota a disfrutarlos... de cómo todas estas labores encierran tanta comunidad, tanto amor y paciencia...
Odio la siutiquería. Los siúticos me odian. Me río fuerte, hablo fuerte porque no hay nada que ocultar. Mi risa contagia a los alegres. Amo las risas fuertes como la de la Luisa, o las voces atrevidas como la de la Cony. Adoro la espontaneidad cotidiana, esa recursividad sobre gestos naturales que nos vuelven al origen y que llaman a que conformemos más comunidad. Gestos espontáneos, abiertos, sinceros, sin disfraz.
Y cuando me enamoro, me cuesta tanto desenamorarme, es desprenderse de aquellas cotidianeidades hermosas, contruidas en conjunto, rememoradas en conjunto. Me enamoro de aquellos que comparten su espacio cotidiano, sus gustos, que se dan cuenta de sus rituales diarios y que de alguna forma valoran esos ciclos, son aquí y ahora, pero son lo que fueron también.
(PS: se me olvidan varias personas más, disculpen por ahora)
1 comentario:
Darse cuenta de los propios rituales diarios, y enamorarse de ellos. Qué lindo, Margarita.
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